(tono narrativo-literario con trasfondo documental)
- El río San Juan, frontera líquida y arteria estratégica del istmo centroamericano, ruge como línea de vida entre Costa Rica y las ambiciones de William Walker, el aventurero estadounidense que pretende instaurar una república esclavista en Nicaragua para proyectarse hacia el resto del continente. Mientras el mundo observa California, vapores y mercaderías cruzan por la Ruta del Tránsito sin saber que la guerra por el futuro se libra río arriba.
En San José, el presidente Juan Rafael Mora convoca a la defensa. Pero la novela se aparta de los salones políticos y desciende hacia la humedad, la fiebre y el barro: allí donde el mayor Máximo Blanco Rodríguez, veterano de campañas previas y dueño de un temple silencioso, recibe el mando de la Columna de Vanguardia. Con apenas doscientos hombres, pocos víveres y un mapa imperfecto, Blanco emprende la marcha desde el Valle Central hasta la espesura atlántica, acompañado por Francisco Alvarado, estratega naval obsesivo; Emilie Hanke, enfermera europea movida por compasiones sin bandera; Francisco Quirós, oficial mayor cuya lealtad debe sostenerse en un equilibrio frágil entre deber y conciencia; y una tropa anónima que carga fusiles corroídos, nostalgia, miedo y esperanza.
Lo que sigue no es una campaña gloriosa en mármol, sino una travesía de carne:
barro que succiona botas, fiebre amarilla que mata más que las balas, bueyes flacos arrastrando cañones, soldados que cargan cartas sin respuesta, sueños de retorno y silencios compartidos en la trinchera.
La selva no es un escenario: es un adversario.
Ya en La Trinidad, primer bastión fluvial, Blanco enfrenta a los filibusteros con una táctica audaz: atacar la logística, no la retórica. En rápidas operaciones nocturnas y maniobras sobre canoas y champanes improvisadas, captura tres vapores filibusteros, rompe la seguridad del río y obliga a Walker a mirar hacia atrás. Lo que parecía una campaña imposible deviene una ofensiva que trastoca la guerra: quien domina el río, domina la ruta interoceánica.
La novela asciende entonces hacia El Castillo y San Carlos, donde la tropa costarricense, agotada pero firme, toma posiciones clave y establece un bloqueo que asfixia a los invasores. Nueve vapores capturados.
Es la victoria más estratégica de la campaña; una hazaña real registrada en diarios, partes militares, crónicas diplomáticas… y que sin embargo sería sumergida en el silencio.
Porque a medida que Blanco avanza, San José retrocede: celebran los triunfos, pero restringen municiones, víveres y refuerzos. Rivalidades políticas y el temor al prestigio de Blanco pesan tanto como la pólvora mojada. En La Trinidad, rodeado de selva, filibusteros y enfermedades, el mayor enfrenta el dilema que marcará su destino: abandonar la posición para salvar a sus hombres. No por cobardía, sino porque la guerra—sin pan, sin balas y sin barcos—es abandono disfrazado de orden.
El regreso silencioso de la Columna no será celebrado.
La victoria quedará, pero no el reconocimiento.
Los últimos capítulos giran hacia la niebla de la memoria: mientras el país celebra Santa Rosa y Rivas, la campaña del río queda relegada, después omitida, finalmente olvidada.
Blanco se transforma en una sombra incómoda, su nombre borrado del bronce, su hazaña relegada a notas al pie que nadie lee. Y sin embargo, el río —personaje silencioso del libro— recuerda: guarda en sus remansos los uniformes podridos, los nombres no pronunciados, las órdenes contradictorias, las cartas sin destinatario y el eco de una retirada que fue también supervivencia.
En el epílogo, la novela desvela la pregunta que late en cada página:
¿qué implica para un país silenciar la hazaña que fundó su defensa fluvial?
La respuesta no es una sentencia, sino una invitación: la memoria no es arqueología; es orientación estratégica.
Las Aguas Amargas del San Juan no busca consagrar héroes ni condenar villanos; busca narrar la verdad humana y estratégica de una campaña que cambió la historia y luego desapareció del relato nacional.
Su fuerza reside en los diarios, en la humedad, en los silencios —y en el río, que nunca olvidó.