Durante más de un siglo y medio, Costa Rica ha contado su historia nacional como una sucesión de gestas terrestres, decisiones políticas ilustradas y una temprana vocación pacífica. Sin embargo, en ese relato cuidadosamente construido hay un vacío incómodo: la Campaña de Tránsito (1856–1857) y el papel decisivo que el país desempeñó en el control del río San Juan, una de las arterias geopolíticas más importantes de América Central.
Ese vacío no es anecdótico. Es estructural. Y sus consecuencias se extienden mucho más allá del pasado.
Un río que fue frontera, arma y op ortunid ad
En 1856, el río San Juan no era solo un accidente geográfico. Era un corredor interoceánico estratégico, utilizado por la Compañía del Tránsito de Cornelius Vanderbilt para unir el Atlántico y el Pacífico mucho antes de la existencia del Canal de Panamá. Controlar el San Juan significaba controlar el flujo de personas, mercancías, armas y poder en el istmo centroamericano.
Cuando William Walker y los filibusteros se apropiaron de esa ruta, Costa Rica respondió no solo en tierra firme, sino —y esto es clave— en el río. Bajo el mando del mayor Máximo Blanco Rodríguez, una fuerza costarricense improvisada, mal equipada y abandonada políticamente ejecutó una de las campañas fluviales más audaces del siglo XIX en América Latina: la captura de nueve vapores, el bloqueo efectivo de la ruta interoceánica y la asfixia logística del proyecto filibustero.
Sin esa campaña, la guerra contra Walker no se habría ganado.
Y, sin embargo, esa campaña desapareció del centro del relato nacional.
El silencio no fue un accidente
Toda nación selecciona qué recordar. Pero no todo olvido es inocente.
A finales del siglo XIX, Costa Rica entró en un proceso de reordenamiento político y simbólico. Las élites que heredaron el poder tras la caída de Juan Rafael Mora necesitaban un relato estable, menos conflictivo, menos militar y más funcional a sus intereses. En ese contexto, ciertas figuras resultaban incómodas. Ciertas campañas, difíciles de encajar. Ciertos protagonistas, demasiado visibles.
El resultado fue un silencio progresivo, primero tácito y luego institucionalizado. Ese silencio no se limitó al siglo XIX. Fue adoptado, normalizado y reforzado en el siglo XX, especialmente tras la creación de la Segunda República, cuando Costa Rica consolidó una identidad internacional basada en la desmilitarización, el pacifismo y la excepcionalidad democrática.
En ese nuevo relato, la guerra fluvial, el control armado de un corredor interoceánico y la figura de un comandante militar exitoso no tenían lugar.
Historia amputada, derecho debilitado
Aquí aparece una consecuencia crucial que rara vez se discute.
Durante más de un siglo, Costa Rica ha enfrentado litigios, tratados, laudos arbitrales y sentencias internacionales relacionadas con el río San Juan y la frontera con Nicaragua: el Tratado Cañas-Jerez, el Laudo Cleveland, el Convenio Alexander, las sentencias de la Corte Internacional de Justicia en 2009 y 2015.
En todos esos procesos, el país ha defendido derechos jurídicos válidos. Pero lo ha hecho sin integrar plenamente su propia experiencia histórica en el río, sin reivindicar con claridad que fue actor soberano, militar y logístico en ese espacio desde el siglo XIX.
El resultado ha sido una defensa legalmente correcta, pero históricamente incompleta.
Cuando un Estado renuncia a su propia memoria estratégica, negocia desde una posición debilitada. No porque pierda derechos formales, sino porque pierde relato, contexto y peso político.
Del pasado al futuro: por qué este debate importa hoy
Hoy, el mundo vuelve a mirar a América Central con interés estratégico. Nuevos actores globales —China, Estados Unidos, consorcios internacionales— estudian rutas logísticas, corredores interoceánicos, infraestructuras portuarias y proyectos que reconfigurarán el comercio global.
En ese escenario, el río San Juan vuelve a ser relevante.
Pero un país que no ha integrado plenamente su historia en ese río corre el riesgo de volver a ser espectador de decisiones ajenas, en lugar de interlocutor informado.
Recuperar la memoria de la Campaña de Tránsito no es un ejercicio de nostalgia. Es un acto de responsabilidad histórica. Significa entender que soberanía no es solo una línea en un mapa o un fallo judicial, sino también la conciencia de lo que se fue, lo que se perdió y lo que aún puede recuperarse.
Una trilogía para reconstruir lo que se fragmentó
Las Aguas Amargas del San Juan inicia este proceso desde la narrativa histórica: reconstruyendo la campaña, devolviendo rostro y voz a quienes fueron borrados y mostrando cómo el río fue escenario de una de las decisiones más audaces del país.
Aguas Silenciadas abordará el segundo nivel: cómo y por qué ese episodio fue eliminado del relato nacional, y cómo ese olvido condicionó la política exterior, el derecho y la memoria colectiva.
Un tercer volumen proyectará la mirada hacia adelante: los litigios, las oportunidades perdidas y las posibilidades futuras de un país que decide, finalmente, reconciliarse con su historia completa.
Porque ningún país puede defender bien su futuro si no ha entendido del todo su pasado.