Este análisis no estaría completo —ni sería intelectualmente honesto— sin reconocer la lente desde la cual está escrito. La mirada es la de un costarricense consciente de la historia compartida, compleja y en ocasiones enfrentada, con Nicaragua. Una historia que no puede seguir siendo abordada únicamente como un problema jurídico o diplomático, sino como un nudo estratégico de memoria, soberanía y proyección futura.
El trabajo desarrollado durante años, que culmina en la trilogía Las Aguas Amargas del San Juan y en el proyecto digital aguasamargas.com, no es solo una exploración literaria del pasado. Es, ante todo, un estudio de caso sobre cómo las narrativas históricas —o su ausencia— condicionan la capacidad de acción de los Estados, especialmente de las naciones pequeñas, en contextos de transformación geopolítica.
El Río San Juan no es simplemente una frontera fluvial. Es un símbolo vivo: de soberanía disputada, de memoria selectiva y de un potencial colaborativo que, durante más de un siglo, ha sido sistemáticamente postergado.
Del diferendo bilateral al punto de presión geopolítico
En el contexto del nuevo orden hemisférico que comienza a perfilarse —marcado por tensiones crecientes entre bloques, por la reconfiguración del poder estadounidense y por respuestas cada vez más coordinadas del llamado Sur Global— la relación entre Costa Rica y Nicaragua deja de ser un asunto bilateral periférico.
El eje Caribe–Centroamérica vuelve a adquirir relevancia estratégica. En ese escenario, el San Juan emerge como un punto de presión, no por su valor militar inmediato, sino por su carga simbólica, jurídica y logística.
Aquí surge un riesgo evidente: la instrumentalización externa de un conflicto histórico no resuelto.
El peligro de la instrumentalización
En escenarios de tensión regional, los diferendos históricos no resueltos se convierten en herramientas útiles para actores externos. Para una potencia revisionista, exacerbar la disputa del San Juan podría funcionar como mecanismo de distracción o desestabilización indirecta. Para una potencia hegemónica en repliegue relativo, presentarse como garante exclusivo de la seguridad costarricense —un país sin ejército— podría justificar nuevas formas de injerencia política o presencia estratégica en la región.
En ambos casos, la agencia local se diluye. La historia deja de ser herramienta propia y pasa a ser argumento ajeno.
La necesidad imperiosa de agencia histórica propia
Por ello, este análisis sostiene que este es un momento crítico —quizá irrepetible— para que Costa Rica y Nicaragua reordenen su relación desde la soberanía y el interés mutuo, no desde alineamientos forzados con bloques externos.
Un acuerdo auténtico sobre el Río San Juan, basado en el reconocimiento de derechos compartidos —navegación, protección ambiental, desarrollo sostenible, gestión binacional— sería mucho más que un logro diplomático. Representaría un acto de poder blando estratégico, una demostración de madurez histórica y una afirmación de que las naciones pequeñas también pueden ejercer liderazgo cuando actúan con inteligencia y memoria.
Una catástrofe evitable
Sería una ironía trágica —y una derrota histórica para toda Centroamérica— que, tras siglos de convivencia y conflicto compartido, el destino de la relación entre Costa Rica y Nicaragua terminara siendo dictado por la lógica de una nueva Guerra Fría.
Permitir que el diferendo del San Juan se convierta en un proxy de conflictos entre grandes potencias sería renunciar al derecho fundamental de escribir nuestro propio futuro.
El verdadero ocaso necesario
Este análisis geopolítico está atravesado por una convicción personal, forjada en el estudio de archivos, diarios y en la observación paciente del propio río: el verdadero ocaso necesario no es el de un país u otro, sino el de los paradigmas heredados de dominación externa y confrontación automática.
El futuro posible de Centroamérica pasa por recuperar la agencia histórica: la capacidad de las naciones —grandes y pequeñas— de resolver sus complejidades con visión propia, antes de que el torbellino de intereses globales decida por ellas.
Esta es la motivación última de mi escritura, tanto en la ficción histórica como en el análisis estratégico: contribuir a un futuro donde la historia de Centroamérica vuelva a ser escrita, pensada y decidida por los centroamericanos.